Ya que el calendario este año ha sido travieso y el día en que Doña Cuaresma vence a Don Carnal ha coincidido con el día de San Valentín, vamos a celebrarlo viendo El día de los enamorados (1959), película muy popular en su día. Incluso no hace muchos años, Hollywood apostó por lo que aquí ya se había hecho seis décadas antes y Garry Marshall realizó Historias de San Valentín. El objetivo de este blog es dar cabida también a ese cine popular del que apenas ningún crítico habla y recordar nombres de los que nadie se acuerda o ni siquiera llegó a saber que existían en pleno auge.
Empezó de ayudante de dirección de su tío Florián Rey y luego de Ladislao Vadja, del primero decía que le gustaría heredar su corazón y del segundo su técnica. Cuando era preguntado (y criticado) por si solo hacía cine popular contestaba que su ideal sería conjuntar e integrar la minoría con la mayoría. Su trabajo no era tampoco fácil, a pesar de que sus filmes se calificasen como inocuos, conseguir tantos éxitos de taquilla seguidos requería también cierta habilidad no valorada.
El argumento de El día de los enamorados hablaba de cuatro parejas que eran ayudadas por San Valentín en sus problemas, ahí teníamos un magnífico reparto, en el lado femenino la recordada Concha Velasco, ahí Conchita, cuya popularidad iba en aumento, la arrogante Katia Loritz, la bondadosa María Mahor y la sensible Mabel Karr. En el lado masculino Tony Leblanc que reunía las características adecuadas para este tipo de películas, Antonio Casal en su etapa más madura como galán y francamente divertido, Manuel Monroy, actor catalán bastante olvidado como uno de esos galanes secundarios y el joven Ángel Aranda, cuyo atractivo físico le llevó a protagonizar peplums y spaghetti westerns.
Es fascinante observar a un jovencísimo Manuel Zarzo, quien ya demostraba la versatilidad que lo convertiría en uno de los actores más prolíficos de nuestra cinematografía. Asimismo, resulta entrañable identificar a José Riesgo en el escaparate de los almacenes mucho antes de que se grabara en la memoria colectiva de varias generaciones como el icónico Julián, el dueño del quiosco en Barrio Sésamo, el gran Luis Barbero, un actor imprescindible cuya presencia, aunque fuera en papeles breves, siempre aportaba esa autenticidad y calidez tan propia del cine de la época. la película nos regala la presencia de la mítica pareja Tip y Top (Luis Sánchez Polack y Joaquín Portillo), quienes interpretan a Secundino y Eleuterio, aportando su inconfundible sello cómico mucho antes de que Tip formara su famosa pareja con Coll. Y encontramos muchos más: Antonio Riquelme, José Orjas, Manolo Gómez Bur, Paco Camoiras, José María Tasso "El Flequillo", etc.
Pero entre todos ellos el que se llevó la máxima popularidad en el film fue Jorge Rigaud en su papel del santo, nacido en Buenos Aires como Jorge Rigato, emigró a Francia y llegó a trabajar con René Clair (14 de julio), pero el éxito le vino con esta película lo que le propició participar en un sinfín de películas, aunque como secundario. Volvió a interpretar su gran papel en su secuela, Vuelve San Valentín (1962) también dirigida por Palacios y con los mismos guionistas, menos conseguida a nivel argumental.
A pesar de los presupuestos reducidos se cuidaban los aspectos técnicos y la película gozaba de un sistema Eastmancolor que aun le daba más vitalidad y optimismo a quienes buscaban en el cine una válvula de escape.La fotografía en Eastmancolor de Alejandro Ulloa buscaba una limpieza visual similar a las producciones de Hollywood pero con un alma puramente madrileña. A través de personajes como el de Katia Loritz, se vislumbra además un cambio hacia una mujer profesional y activa, alejándose del prototipo tradicional. Con los años, también se puede ver como un documento sociológico y analizar esa España que salía de la posguerra y en la que era posible aparcar el coche en la Gran Vía madrileña. Hay detalles que bien podrían pasar a formar parte de un museo de historia, observen esos cines como el Actualidades o el Palacio de la Prensa con un cartel de El zorro de los océanos con John Wayne de protagonista, el retrato de ese Parque del Retiro como el lugar ideal de los enamorados, la alegría de la tuna universitaria, las “Galerías Preciados” que fueron quienes importaron tal día con finalidades comerciales a partir de un artículo de González Ruano en el diario “Madrid”...
Ingredientes muchos de ellos concebidos como cursis, pero honestos y deliciosos, vale la pena verla y si es sin prejuicios, uno la disfrutará más. No hagan caso de ciertas voces que la consideran un modelo de comedia anacrónico, el cine español también, cuando quiere, repite la fórmula, fíjense en casos como Barcelona, noche de verano (2013) o Barcelona, noche de invierno (2015), por ejemplo.




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