27.2.25

Asesinatos en la calle Morgue (Gordon Hessler, 1971)

 


Hoy traigo una película que no es española, pero que está rodada y en la que trabajaron técnicos de aquí: Asesinatos en la calle Morgue (Murders in the Rue Morgue) que adaptaba la famosa obra de Edgar Allan Poe, es de 1971 y fue dirigida por Gordon Hessler, un director de origen alemán, criado en Inglaterra y que emigró a los EEUU de joven. Ahí trabajó en la serie de Alfred Hitchcock presenta supervisando guiones, produciéndola y dirigiendo varios episodios. Su primera película importante fue La caja oblonga (1969), otro relato de Poe que reunía a Cristopher Lee esta vez con Vincent Price, aunque en su posterior La carrera de la muerte (1970) consiguió que Peter Cushing completara el trío. Estamos, pues, ante un nombre que conocía bien el género.

Eran películas con escaso presupuesto y la fórmula que la Hammer tan bien exprimió y que tuvo tantas imitaciones empezaba a decaer, Polanski había revolucionado el género con La semilla del diablo (1968) producida por una "major" (la Paramount) y de otros grandes estudios llegarían El exorcista (1973) (Warner) o La profecía (1976) (Fox). La crítica y el público empezaba a dejar de lado estos entrañables filmes de terror de las pequeñas productoras, aquí era la American International Pictures que se había formado en 1954 de la mano de James H.Nicholson y Samuel Z. Arkoff y que se había especializado en varios géneros y que tuvo en Roger Corman uno de sus máximos exponentes. 

Hessler rodó Murders in the Rue Morgue en España para reducir aun más los costes, concretamente utilizó calles de Toledo, su Teatro de Rojas, San Lorenzo de El Escorial, Colmenar Viejo, el parque del Capricho de Madrid y su Palacio de los Duques de Osuna. Contó con el diseñador de producción José Luis Galicia que estaba haciendo muchos westerns en Almería, la fotografía corría a cargo de Manuel Berenguer, de la música se encargaba Waldo de los Ríos que acababa de tener un gran éxito musicando La residencia de Narciso Ibáñez Serrador (A día de hoy una de las mejores bandas sonoras jamás compuesta para una película española,). Al director le habían recomendado el nombre del operador de cámara Salvador Gil que había trabajado entre otros con Ladislao Vajda en sus títulos más famosos y lo fichó para la importante tarea que este tenía para el film. Otros nombres en el equipo eran los de Juan Carlos (“Kuki”) López Rodero que tendría una carrera pletórica. 


Pero los seguidores de Poe se llevaron otro gran chasco ya que los productores dejaron bien claro que no valía la pena rodar otra versión del cuento a pesar de que la fidelidad al texto original brillaba por su ausencia en las anteriores y que había que seguir dándole otras vueltas, Hessler pensó en mezclarla con El fantasma de la ópera de Gaston Leroux y así se nos presenta a Cesar Charron (Jason Robards), el propietario del teatro Grand Guignol de París que está representando una adaptación de Los crímenes de la Rue Morgue, pero a su hija Madeleine (Christine Kauffman), la obra le provoca pesadillas. Varios miembros de la compañía empiezan a ser asesinados y Charron empieza a sospechar que quizá René Marot (Herbert Lom), el asesino de su mujer (Lilli Palmer) al que la policía dio por muerto, esté vivo.

 

  Cobraba especial interés el personaje de Pierre Triboulet interpretado por el actor Michael Dunn que medía «1,19m» a causa de una enfermedad. Podemos ver a varios actores españoles entre los secundarios, aunque más bien de extras especialmente entre los miembros de la compañía, nombres como María Martín, Rafael Hernández, Luis Rivera, Xan das Bolas, José Cobo... Un poquito más de papel tenían el inefable y mítico Víctor Israel como conductor del carruaje o Inma de Santis como la Madeleine adolescente.

En esta versión no aparece el personaje de Auguste Dupin, pero sí el del inspector Vidocq que fue realmente el que había inspirado a Poe, lo interpreta Adolfo Celi y lo caracteriza bastante bien, se come bastante a Jason Robards quien no estaba a gusto en la película ya que la consideraba un paso atrás en su carrera, y tal como comentara su director se trataba de un personaje malhumorado interpretado por un actor con poco sentido del humor, valga la redundancia. Herbert Lom en cambio conseguía un personaje siniestro con su rostro y mirada penetrante, ya había interpretado en 1962 la versión de la Hammer de El fantasma de la ópera por lo que su elección era más que oportuna.


Durante casi todo el metraje hay un peculiar uso de la cámara (de ahí la importancia en que fuera alguien que la dominara), en muchos planos esta es llevada en mano, hay un uso constante del contrapicado, ángulos que por aquel entonces no eran los más habituales y que creaban una sensación angustiosa. Como hemos dicho y reiterado, apenas había presupuesto por lo que el director tenía que saber crear un poder de sugestión que lo lograba en escenas como rodando con el teatro vacío, la feria, el parque del Capricho con esa fotografía espléndida que resaltaba el ambiente melancólico otoñal o el palacio con todos esos objetos algo peculiares. Resaltar que la también aquí notable música de Waldo de los Ríos y los efectos sonoros ayudaban bastante a conseguir la atmósfera deseada

El guion corría a cargo de Christopher Wicking y de Henry Sleser, este último había escrito también varios episodios de La hora de Alfred Hitchcock y Hessler conocía de primera mano su talento, también escribió guiones para las series de La dimensión desconocida y Tales of the Unexpected, de bien seguro que su mano se nota en esos toques algo irónicos que tiene el film o en su enigmático final.

Asesinatos en la Calle Morgue tiene una puntuación muy baja en las distintas webs de cine, ni está (ni se le espera) en las diferentes plataformas, sí que salió en DVD en el 2013 en una copia pasable, pero sin llevar los subtítulos en castellano, aunque en la caja sí los anunciaban. Creo que vale la pena verla y es una buena muestra del género sin tener que recurrir al sexo o al exceso de sangre como pasó en el "fantaterror" español a medida que avanzaba la transición.  Aquí tienen la banda sonora de Waldo de los Ríos:





25.2.25

Recordando a Alberto Closas

 



España, que tiene muchas virtudes, cuenta entre sus principales defectos el de no saber reconocer ni cuidar a sus artistas, es algo que ya he comentado en más de una ocasión en estas líneas y que se puede contrastar rápidamente.

En el caso del actor al que le quiero dedicar hoy estas modestas líneas, se le conoce sobre todo por ser quien daba vida al padre de La gran familia, filme que algunos subvaloran por cierta apología de la familia numerosa y exaltación de la clase media. Se trata, en lo cinematográficamente hablando, de una notable película, llena de momentos entrañables que sabía combinar inteligentemente la comedia con el drama y en el que su director Fernando Palacios, al que perdimos demasiado pronto, supo imprimir sus habilidades.

Pero su filmografía fue más allá, después de su exilio por la Guerra Civil y al retornar a España, protagoniza Muerte de un ciclista (1955) de Juan Antonio Bardem, uno de nuestros grandes clásicos. Su filmografía, sin embargo, se nutrió más de un cine popular, pero con esa calidad añorada en nuestros tiempos como bien podría ser La fierecilla domada (Antonio Fernández-Román, 1956), un Shakespeare conseguido, incluso superior del que realizó Zeffirelli o Todos somos necesarios de Nieves Conde, título que gracias al espacio de La 2 de "Historia de nuestro cine" se ha podido recuperar para goce de todos los que reivindicamos el cine clásico español.

A esta sigue la excelente Distrito quinto de Julio Coll en 1958, uno de los máximos exponentes del cine negro barcelonés y del que aun esperamos que Tarantino nos diga si la había visto o no. Basada en una obra de teatro de Josep Maria Espinás: És perillós fer-se esperar, Closas llegaba a la cumbre de la interpretación

Vinieron luego la espléndida El baile de Edgar Neville, María, matrícula de Bilbao de Ladislao Vajda, Usted puede ser un asesino de José María Forqué… El éxito de la citada La gran familia le lleva a ser un rostro omnipresente, en 1965 hasta estrena cinco películas…

Pero Closas tenía también en mente sus otros amores: el teatro y ese Buenos Aires que tan bien le acogió en un momento muy difícil y que tal y como recordaba el actor, en ningún momento le preguntaron si era de un bando o de otro, en aquella América acudió en Chile a la "Escuela de Arte Dramático" de Margarita Xirgu, la popularidad del cine nos hace olvidar que Cosas era más un actor de teatro. De hecho, vivió siempre a caballo entre la capital de Argentina y Madrid. Más de uno se sorprendió cuando en 1990 interpreta una serie en perfecto catalán para TV3: Sóc com sóc, ya que bastantes ignoraban que el actor había nacido en Barcelona.


Recientemente un libro escrito por sus sobrinos Francis Closas y Silvia Farriol, A un paso de las estrellas, nos cuenta detalles prácticamente desconocidos como que su padre Rafael Closas estuvo en la Generalitat tanto con Maciá como con Companys y que era un defensor de la causa republicana. En el prólogo se dice que "la memoria del actor no debe perderse  lentamente entre el olvido y la memoria".

Precisamente una de sus facetas más queridas, el teatro, le lleva a regentar el Teatro Marquina de Madrid que construyó en 1957 junto con Jaime Castells y Alfredo Mata o el Avenida de Buenos Aires, al que vio arder en 1979, una de las experiencias junto a la muerte de su padre que jamás pudo olvidar. Y es que un actor que tiene en su repertorio a nada menos que Lorca, Casona, Alberti, Mihura, Wilde, O´Neill, Shakespeare lo ha de saber vivir bien desde dentro, incluso es famosa la anécdota de un enfado que tuvo en TVE porque alguien abrió una puerta en un rodaje y él se desconcentró. Ese alguien se supo con el tiempo que fue el mismísimo Adolfo Suárez.

Su presencia en el cine fue a menos ya en los 70 por dedicarse a estas otras pasiones, no obstante aun nos dio interpretaciones para recordar, aunque fuera de secundario, en Esquilache o El maestro de esgrima, aparte de sus incursiones televisivas

El tabaco, otra de sus pasiones, le ocasionó un cáncer al que le plantó cara en todo momento hasta el 19 de septiembre de 1994 cuando muere en Madrid. Para estos, cada vez más acusados, cuatro gatos que aun reivindicamos el cine español clásico, quedará siempre en el recuerdo y a pesar de que no seamos muchos, es un afecto sincero y sin necesidad de esperar a efemérides para hablar de él. Sigamos, pues, cuidando de nuestros actores, de lo contrario, quedarán en el olvido.