16.2.26

La viudita naviera (Luis Marquina, 1962)

Análisis de la película La viudita naviera

edición de la obra de teatro La viudita naviera de José María Pemán
En 1961, el cine español se propuso trasladar a la gran pantalla la sofisticada farsa gaditana de José María Pemán sin caer en los tópicos del folclore de pandereta. El resultado fue La viudita naviera, una cinta que no solo capturó el ingenio de la burguesía marinera de 1895, sino que sirvió para que Paquita Rico demostrara que su talento iba mucho más allá de los «lunarcitos» y el clavel, consolidándose como una actriz de carácter

El director Luis Marquina fue el artífice de trasladar esta historia con un éxito que la crítica de 1962 calificó de rotundo. Su mayor acierto estribó en imprimir un ritmo vivo y alegre y un finísimo humor a toda la realización, evitando que la cinta pareciera teatro filmado. Marquina demostró un oficio excepcional al unificar los distintos estilos del reparto: confió en la madurez dramática de Paquita Rico y logró de Mary Santpere uno de sus mejores trabajos en cine.

Mary Santpere llegó al rodaje de 1961 precedida por su enorme fama en el teatro de variedades y la revista, donde su humor solía ser expansivo y desbordante. Sin embargo, Mary sorprendió a todos. En el estreno de 1962, el crítico G. Bolín subrayó en ABC que Mary estaba mucho más contenida que en sus películas anteriores. Esta contención no le restó gracia; al contrario, la hizo más efectiva. La prensa afirmó tajantemente que realizó en La viudita naviera  uno de los mejores trabajos de su vida artística. Logró demostrar que, más allá de los aspavientos, era una gran actriz cómica capaz de dominar el ritmo de la farsa con sutileza. En el engranaje de la película, no es un simple secundario, sino el motor que desengrasa el drama del luto. 

Y mientras ella encarna la elegancia y la melancolía de la viuda burguesa, Mary aporta la energía popular y el enredo. Su presencia en pantalla garantizaba que el espectador riera en todo momento, equilibrando la balanza entre el respeto por el honor familiar y la alegría descarada de la chirigota gaditana. Las crónicas destacan cómo se integró en un reparto de pesos pesados. Su interacción con Arturo Fernández e Ismael Merlo fue descrita como un modelo de eficacia cómica. No intentaba eclipsar a la protagonista, sino que trabajaba a favor de ese ritmo vivo y alegre que Marquina quería para la cinta, demostrando una generosidad actoral poco común en las grandes estrellas de la época.

Como señalaba la propia Paquita Rico en ABC Sevilla (1961), la Andalucía de Pemán es "fina, bonita y auténtica". La trama nos presenta a Candelaria, una mujer que debe gestionar su propia naviera en el Cádiz de finales del XIX. Para la actriz, este papel supuso una liberación: pidió expresamente aparecer sin melenas sobre los hombros para retratar a una mujer real y elegante, marcando una distancia definitiva con su etapa de folclórica tradicional ya que se encontraba en una lucha activa por evolucionar artísticamente. Según declaró estaba cansada de ser encasillada como la folclórica de "largo pelo negro y lunarcitos". Veía en la protagonista a la mujer ideal para esta transición: una empresaria naviera, elegante y con una psicología compleja que le permitía demostrar su talento interpretativo más allá del canto.

 En el momento de preparar La viudita naviera, Paquita llevaba un año casada con el torero Juan Ordóñez (Juan de la Palma). Curiosamente, ella mencionaba que su marido la ayudaba a repasar los diálogos de sus películas por las noches, a pesar de que inicialmente él prefería que ella dejara el cine. En aquella etapa, la actriz confesaba que lo único que le faltaba para redondear su felicidad absoluta era tener hijos. Tras el estreno en 1962, la prensa la describió como una actriz que, además de estar "muy guapa y graciosa", lograba una interpretación deliciosa. Se alabó su capacidad para mantener el equilibrio entre el donaire gaditano y la sobriedad necesaria para una viuda de su posición social, demostrando que su apuesta por un cine más "fino y auténtico" había sido un acierto.

El prestigio visual de la cinta se debe en gran medida a Enrique Alarcón, responsable de una dirección artística primorosa. Alarcón recreó los interiores de las casas de cargadores de Indias con rigor histórico e integró las icónicas torres mirador como piezas clave de la narrativa. Su trabajo permitió que el espectador sintiera el poder de esa burguesía que vigilaba el horizonte desde sus azoteas, dotando a la película de una veracidad que trascendía el decorado.

Bajo la supervisión de Alarcón, el vestuario cumple una función vital. El negro riguroso del luto de Candelaria resalta su belleza, pero evoluciona sutilmente: a medida que el personaje recupera su alegría, los tejidos incorporan encajes y mantillas de gran refinamiento. Esto refleja su posición como mujer de la alta sociedad y su despertar emocional, abrazando el rigor de la moda europea de 1895.

La película es, en esencia, una farsa a punta de chirigota. La participación de agrupaciones auténticas dirigidas por el mítico Paco Alba garantizó que la música fuera el alma de la cinta. Las coplas actúan como un coro griego que comenta con guasa los enredos amorosos, sirviendo de contrapunto de libertad frente a las normas sociales y culminando en lo que la crítica de 1962 definió como una "apoteosis final de espectáculo folclórico".

Aunque revisiones posteriores llegaron a tildar la dirección de "anodina", el tiempo ha consolidado a esta cinta como una joya del costumbrismo. Es el encuentro de cuatro gigantes: el ingenio de Pemán, la belleza de Rico, la genialidad de Santpere y el oficio de Marquina, todo bajo el marco incomparable de la «Tacita de Plata».



Fuentes consultadas:

  • Hemeroteca ABC Sevilla (14/09/1961): Entrevista a Paquita Rico por J.L. Martínez Redondo.

  • Hemeroteca ABC Madrid (15/06/1962): Crítica de estreno firmada por G. Bolín.

  • Hemeroteca ABC (24/03/1989): Análisis retrospectivo de televisión.