3.1.25

Plácido (Luis García Berlanga, 1961)

 

Dicen las malas lenguas que en España se olvida fácilmente, pero que se entierra muy bien. Luis García Berlanga murió hace diez años y aquel día recuerdo que fue portada en la mayoría de la prensa y abriendo los telediarios de las cadenas que en la mayoría de las ocasiones olvidan su obra. Ahora tras este tiempo se le ha vuelto a recordar en algunas cadenas y seguramente el año que viene, si el virus nos deja en paz, habrá homenajes con su centenario. Este blog quiere acercarse también a hacer un pequeño homenaje al gran director valenciano y para ello he pensado en hablar de su película Plácido (1961) podía haber elegido otras como El verdugo, Calabuch, La escopeta nacional, etc. Pero si voy a esta es porque supuso el inicio de una nueva etapa en su cine. 

Sus primeras películas, no exentas de ironía también, eran más dulces, el director declaró que quería únicamente mirar la bondad del hombre a través de lo social y lo humano. De todas maneras, se pueden ver en ellas borradores de lo que será este cambio de rumbo, películas como Bienvenido, Mr. Marshall en su etapa con Bardem o Calabuch tenían un fondo dramático y una carga crítica no menos fuerte, pero por el contrario se acercaba a los personajes. Berlanga que admiraba a Rafael Azcona y los guiones que había hecho para Marco Ferreri en El pisito y El cochecito comenzó a trabajar con él en el guion de Se vende un tranvía (1959) que tenía que formar parte de una serie que no vio finalmente la luz y Plácido sería su primera película juntos. “A partir de mi encuentro con Azcona, la labor crítica de mi cine es más eficaz e incisiva. De ahí que Plácido era para mí un título fundamental” (Berlanga)

   

 Poco a poco van perfilando un guion que había sufrido varios cambios y junto con José Luis Colina y José Luis Font presentan un proyecto que llevaba el título de “Siente (a) un pobre a su mesa” que es aceptado por Jet Films, empresa catalana del exhibidor Alfredo Matas que iniciaba su carrera como productor. La censura obligó al cambio de nombre, aceptando finalmente el de Plácido, también se instó al director a cortar la escena del artista poniéndose la liga, a suprimir el plano de la señora moviendo la cabeza del moribundo para que dé su consentimiento en la boda "in articulo mortis" -aunque finalmente los responsables solo suavizaron el movimiento- y a modificar la secuencia del centinela “en el sentido de que se aclare que se trata de un cuartel y sustituir el santo y seña de España por otro. Algún censor como Patricio Gómez defendía la prohibición del filme por suponer un ataque a la piedad tradicional de España, de hecho, la censura eclesiástica quiso que no sonara el villancico “Madre, en la puerta hay un niño” al final ya que veían un ataque a la obra caritativa de la Iglesia, por suerte no se les hizo caso y ahí sigue sonando.  Final de Plácido:

   

El tema de la caridad y ver esta película como si fuera únicamente una crítica a la falsedad de esta, molestaba mucho a Berlanga qué insistía una y otra vez que era una anécdota, que lo que él quería poner de manifiesto era el problema de la incomunicación entre los seres humanos: “Habla de la incomunicación, pero no al estilo de Antonioni, sino la comunicación externa social”. Efectivamente, ver Plácido supone ver a una serie de personajes donde todos aparentan hacerse caso, oírse y no decirse nada. Ningún lazo los une, pero todos van juntos a alguna parte. 

Tendríamos por una parte a la aristocracia representada por la presidenta y su familia, a la burguesía con la familia donde se muere el pobre y al proletariado con Plácido y su familia. A ningún personaje de esta farsa se le tiene tiempo suficiente ante la cámara para que tengamos algo más que un apunte, excepto Plácido (Cassen en su extraordinario debut cinematográfico) que es tan pobre como sus futuros beneficiarios y trabaja directamente al servicio de los ricos o Quintanilla, “el de las serrerías” (López Vázquez), que solo va a la suya y le importa bien poco los problemas de la letra de Plácido y los pobres.Pero tampoco gozan estos dos de cierto cariño por parte de Berlanga y Azcona, todos tienen un rasgo negativo, nadie se salva.

 

José Luis López Vázquez decía que las películas de Berlanga son esperpentos no de la España de la época, sino de la España eterna. El director hablaba del “humor español, el de la picaresca española, desde Quevedo a Buñuel, pasando por Goya y Solana, todo señor que haya intentado diseccionar a los españoles, es decir, diseccionarse a sí mismo, ha tenido que recurrir por fuerza a esto que llaman humor negro 

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Recuerdo la primera vez que vi Plácido y me llamó la atención que era una película sin apenas sol, vemos nublado, un ambiente frío y nocturno, luces artificiales, etc. El ambiente es desagradable, la mujer de Plácido trabaja en los urinarios públicos, el belén está encima del lavabo, la cesta en el inodoro, él se irá moviendo por la ciudad, pasando por el banco, el casino de la subasta, hogares que acogen a los pobres...En todos ellos veremos gente lamentable y repelente, aunque el humor irónico nos hará soltar una sonrisa y luego temblar parafraseando ahora a la revista "La Codorniz". La presencia de la muerte es constante a lo largo de la película, ya desde el principio con ese entierro que se cruza en la cabalgata o al muerto que ha de transportar en su motocarro. El día de Nochebuena se convierte en un día triste, esa caridad se convierte justamente en lo contrario y aunque Berlanga quiera reflejar más bien lo anterior, nunca escondió su odio hacia este tipo de campañas benéficas que seguía viendo actualizadas en los telemaratones que se dan en la actualidad.

 

El trayecto que sigue el cuerpo sin vida de Pascual, primero bajado del domicilio de los Helguera y luego elevado a su casa nos dice también algo más, una buena muestra de esconder a la censura la verdadera intención que es la de un homenaje enmascarado a la España defenestrada por la guerra: Vemos como parte del domicilio de unos republicanos, y pasa delante de una placa conmemorativa que evoca el emplazamiento del cuartel general de Franco durante la guerra civil y recala en los sótanos de un baluarte del ejército victorioso. Este tipo de escenas que Berlanga y Azcona sabían tan bien hacer y pasaban inadvertidas, no solo a los censores sino al público en general, motivó que llegara un punto que se le eliminaran escenas sin ninguna razón, como la de un plano general de la Gran Vía madrileña en otra de sus películas.

 Años después conoció al censor y le dijo: «¿Si hubiera sido otro el director..., pero tratándose de Berlanga quién nos podía garantizar que no ponía usted entre los peatones a un cura que entra en el Pasapoga?» (El Pasapoga era una sala de fiestas, luego discoteca de la popular calle madrileña).

  La película fue rodada en Manresa, más de un vecino recuerda aun el rodaje, albergar tal obra maestra debería ser motivo de constante homenaje y así ha sido, aunque también ha habido y hay voces que no les gustaba que la película se hubiera rodado ahí por la imagen que podía dar la ciudad y que se reflejara la España profunda en sus calles, ya decía Berlanga que “la acidez de estómago no aparece hasta unas horas después de haber comido”. 

 

En fin, Plácido es otra de las grandes muestras de este que homenajeamos constantemente los cinéfilos y los medios esporádicamente cuando hay alguna fecha conmemorativa.

1.1.25

La larga agonía de los peces fuera del agua (Francisco Rovira Beleta, 1970)

 


La llarga agonia dels peixos fora de l´aigua, así era su título en catalán y estrenada en esta versión en junio de 1970 en el cine Coliseum de Barcelona, es probablemente la mejor aparición del cantautor en el celuloide. Había debutado en el cine en 1968 con Antoni Ribas con Palabras de amor, Jaime Camino lo dirigió en 1973 en Mi profesora particular y en 1976 tuvo un breve papel en La ciutat cremada.. Por una parte, teníamos la habilidad de Rovira Beleta que volvía a rodar tras lograr que la Academia hollywoodiense lo nominase por segunda vez por El amor brujo (1967). Con sus ganas de seguir experimentando formas nuevas en el cine español y según sus mismas palabras queriendo crear un cine típico, pero no tópico, se propuso moldear la película con cantante que entonces proliferaba con éxito.

Cuando se estrena el film, Joan Manuel Serrat ya estaba plenamente consolidado, había sabido esquivar la polémica del La, la, la y que en TVE no pudiera volver hasta 1974, pero una gira por Argentina le supuso que su popularidad se acrecentara por Sudamérica o que el disco dedicado a Machado se convirtiera en uno de los más exitosos y recordados, incluso ese año participó en un encierro en el Monasterio de Montserrat en protesta contra el Proceso de Burgos.


La película partía de una novela de Aurora Bertrana (1892-1974) llamada Vent de Grop editada en 1967 y que se desarrollaba en la Costa Brava y que narraba el amor de un pescador y una turista inglesa, esto le servía para reflexionar sobre el turismo que empezaba a eclosionar, el choque entre culturas, generaciones y maneras de entender la vida. Rovira Beleta cambió el escenario y este pasó a ser Ibiza, en vez de centrarse en los turistas, lo hacía con los hippies y el título tan largo se le ocurrió a él ya que comentaba que era algo que estaba de moda.

La película solo la he podido ver a través de un DVD editado por Divisa en el 2008 en la que no se incluía la versión catalana, en la Filmoteca de Catalunya sí se pasó en el 2015, ignoro si esta se ha emitido en los últimos años. Uno de los principales alicientes cuando uno empieza a verla es que no se echa en falta que no cante más: el argumento, los recursos del director y una más que notable interpretación de él acaban imponiéndose.

No más empezar en los créditos y cantando la bella Bon día nos lo muestra buceando en plena forma y entablando conversación con una turista ligera de ropa, enseguida contrapone su ambiente familiar y algún que otro apunte de turismofobia tan de moda actualmente. Aunque la censura intervino en algún momento, hay también ese juego de saber esquivarla, muchos besos y escenas más apasionadas se nos muestran fuera de campo o a través de metáforas como ese primer plano de la guitarra o de noche, lo cual permite insertar algún diálogo con segundas en el que se quejan de que no tienen el valor de hacerlo de día.


El retrato costumbrista del pueblo es magnífico, está muy bien cuidado y aparecen varias constantes del cine de Rovira Beleta como esa aparición de niños, en este caso jugando y contrarrestando con esa búsqueda de la felicidad de los más mayores. También nos muestra unas escenas de pesca nocturna con todos esos pescados aun vivos que van en aumento y que van agonizando fuera del agua, una contraposición, por ejemplo, con la escena en que él le enseña esa gruta en plan turístico mientras le cuenta la historia de dos enamorados cuyas familias estaban divididas (vaga referencia a Los Tarantos).

La interpretación de Serrat como he señalado destaca (aunque está doblado), la cámara le quiere bien, se muestra expresivo, hay planos muy conseguidos como esa sonrisa cuando ve ese mural que ella le ha dibujado. Por otra parte, tememos el personaje de su novia de pueblo (Emma Cohen) que parece que tuvo algún que otro problema con el director porque le costó dirigirla y luego le recriminaba porque fue diciendo que se trataba de una mala película, más de una escena nos recuerda a la de la Polaca en El amor brujo cuando intenta huir de sus fantasmas. Trasmite maravillosamente bien su estado anímico.

Sin embargo, así como la primera parte del film es bastante notable, a raíz de cuando él decide ir a Londres, cambia el ritmo narrativo, comenzamos a ver una sucesión de planos de las calles de Londres al parecer rodadas sin permiso, ahí se nos muestra ese choque cultural y también de paso lanzar un mensaje implícito del retraso de España, muchas escenas de manifestaciones, policías con porras, movimientos pacifistas de la época inundan la película y lo mejor de esta parte será Serrat viendo pedir limosna mientras toca la guitarra o esa "participación" en el festival de la isla de Wight, según contaba el director a Carlos Benpar en su libro al subirse al escenario le tiraron de todo porque el público estaba esperando que apareciera Bob Dylan, así que tuvo que trucarlo todo en un pequeño decorado de Barcelona. Creo que esta parte, si bien es interesante a nivel documental, no tiene la misma dosificación de la anterior y le falta más profundidad argumental.




Ya en su regreso a Ibiza, vuelve a coger el tono y estilo adecuados y característicos en el director, aunque pueda ser vista como excesiva la utilización y la forma de mostrar a los hippies de manera peyorativa, enfatiza mucho la escena de José Manuel Martín disparándolos en plan "Spaguetti Western". Mejor resultan esas “travesuras” que de tanto en tanto nos va mostrando como enfocar un primer plano del puerto y luego ver que se trata de una postal o en uno de los besos que se funde luego en una monja mientras va paseando.

Creo que a pesar de las irregularidades de la película, es otra buena muestra del arte de Rovira Beleta de saber sacar provecho partiendo de un material adverso y reitero que Serrat cumplía bastante bien como actor, emotiva también es su mirada cuando recuerda a su padre muerto al volver. La película sin romper taquillas (561.348 espectadores) tuvo su público. La relación de Serrat con Rovira Beleta fue buena hasta tal punto que cuando el director publicó su libro Rescate de unos poemas olvidados (1998), el cantautor le escribió el prólogo que entre otras cosas decía: Francisco Rovira Beleta, es y se proyecta como un hombre de fe que, vivo y contradictorio, nunca se cansó de soñar y que jamás abdicó de su rebeldía. Un hombre que ha sabido guardar como oro en paño la infancia, la ilusión, la sonrisa, la alegría espontánea (…)