La otra gran niña prodigio, pero ya más adulta, fue Rocío Dúrcal. De su filmografía es en su debut Canción de juventud (1962), la que aun reúne bastantes componentes de ese cine familiar tan típico español de la época y también dirigida por Luis Lucia.
Un colegio de chicas y otro de chicos coinciden en los momentos de recreo y un día descubren una vieja ermita semirruinosa que deciden reconstruir. Para ello, y como forma de obtener fondos, optan por organizar una función teatral para sus familias. Sin embargo, una de las alumnas, Rocío (Rocío Dúrcal), teme que su padre (Carlos Estrada), un reputado pianista casi siempre ausente por motivos de trabajo, no asista a la función. Como ven, el argumento no era nada del otro mundo, pero las canciones de Algueró y situaciones más o menos divertidas convertían la película en un pasatiempo agradable de ver.
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Al año siguiente rueda la singular Rocío de la Mancha.
Siguen otros éxitos, ya como mayor, como Más bonita que ninguna (1965), Acompáñame (1966) o Buenos días Condesita (1967), las tres de Luis César Amadori. Sus películas se vuelven más adultas a partir de Cristina Guzmán (1968) también de Amadori o la adaptación que hizo Angelino Fons de Marianela.
El éxito de Rocío Dúrcal también fue internacional. Dejó el cine para dedicarse plenamente a la canción. En una entrevista en Cine de Barrio del 2003 declaró que estaba abierta a hacer una película si encontraba una que se ajustara a su momento actual.
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