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| Mario Camus en la Seminci (Fuente de la fotografía: Wikipedia) |

Fuente: FilmAffinity
Pero ver la
película y no leer el libro podía traer nefastas consecuencias y que se dieran
cuenta los profesores de la repelencia de aquellos estudiantes tan
acostumbrados a no leer algo que no trajera algún dibujito. Por el contrario,
disfrutar con su lectura y complementarlo con aquellas películas le enriquecía
a uno y de paso arañaba algún punto en el temido examen.
Lástima que
ya en los 90, los institutos no citaran para nada a escritores como Ignacio
Aldecoa del que Camus realizó tres notables adaptaciones: Young Sánchez, Con el
viento solano y Los pájaros de Baden Baden. Más de uno las descubrió un pelín
tarde.
Cuando
alguien muere en España, comienza a salir toda una hilera de intelectuales y de
tuiteros lamentando el fallecimiento, pero no pasamos de ahí, quizá por
aplicar en extremo lo de “En polvo eres y en polvo te convertirás”, mandamos al
ostracismo a los nuestros, los velamos bien y los mandamos de nuevo al olvido. No
hace muchos días podíamos ver la gran muestra de duelo de los franceses ante la
muerte de Jean Paul Belmondo, sin duda alguna, el país galo tiene una
concepción distinta a la nuestra para recordar a sus ilustres personajes.
Camus tuvo
la habilidad de rodar un cine ensayista y combinarlo con otro más popular, ahí
están las de Raphael, las cuales tenían un toque de calidad que ya les hubiese
gustado a otros cantantes en su cita con el celuloide. También Sara Montiel
pudo mostrar sus dotes de buena actriz sin dejar de ser Saritísima, con un
guion de Antonio Gala la vistió de monja para acto seguido verla de cantante,
algo así como la Mangano en Ana. Lástima que Jorge Grau no pudiera con ella unos años después...
Pero fue en
los 80 con esas adaptaciones de Galdós, Cela y Delibes donde Camus consiguió su
máxima popularidad. La colmena parecía una novela imposible de llevar a la
pantalla en solo dos horas, el habilidoso guion firmado por José Luis Dibildos
lo conseguía con un repaso por otras obras de él y donde la esencia del
escritor quedaba bien retratada, más de una vez he pensado que el propio Cela
intervino en ese guion. La película se llevó el Oso de oro del Festival de Berlín.
Con Los
santos inocentes el director llegaba a su cima y el cine español aumentaba su reconocimiento
internacional, Alfredo Landa conseguía que le reconocieran su actuación y así
lo quiso corroborar el Festival de Cannes, aunque Pilar Miró (quien fuera pareja durante años del director) se empeñara en
llamar a Dick Bogarde, entonces director del Festival, para que al final Francisco Rabal fuera premiado también.
Se deducía que el nombre de Camus llegaría a
más, y aun le quedaban bastantes años para seguir aumentando de grandes obras
su carrera. Por desgracia, no fue así y el público lo olvidó completamente, ya
nunca más tendría un éxito. Sin embargo, seguía rodando y poco le importaba lo
que pedía el gran público o los críticos.




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